Para el que quiere sanar, el Tai Chi es medicina y es meditación para quien medita. Para el guerrero es arte marcial interna y es fuente de salud para el terapeuta. Es remanso de paz para el que la busca y longevidad para el que quiere inmortalidad. Es un baile para quien quiere danzar y es un camino de vida para quien busca el Tao.
Los árboles no hacen Tai Chi,
son Tai Chi.
Solo tienen ser y permanecen en él naturalmente.
Si el viento los empuja, ceden.
Si la lluvia cae, la absorben.
Si el otoño llega, dan sus hojas.
Si el hacha los corta, caen.
El agua no hace Tai Chi, es Tai Chi.
Ella no puede elegir ni rechazar.
Solo tiene ser y permanece en él naturalmente.
Si encuentra un abismo, se precipita.
Si una roca la detiene, espera.
Si el sol la quema, se evapora.
Si el frío muerde, se detiene.
Las nubes no hacen Tai Chi,
son Tai Chi.
Ellas no pueden esforzarse por llegar a una meta.
Solo tienen ser y permanecen en él naturalmente.
Si el viento las dispersa, viajan.
Si el sol las ilumina, brillan.
Si un pájaro las toca, lo albergan.
Los hombres éramos Tai Chi,
pero dejamos de serlo.
El Tai Chi es un arte creado por los chinos,
pero no es de los chinos.
Es de las nubes, los árboles y el agua.
Es una de las posibilidades humanas
de comprender que el cuerpo es un árbol;
que los pensamientos, nubes;
y los sentimientos, agua.
Por eso, de entre todos los seres,
solo nosotros hacemos Tai Chi
para volver a serlo.
Texto atribuido a Pedro Valencia.
